Liberalismo

Caso WikiLeaks-¿Vamos hacia un mundo sin secretos?-Por Mariano Grondona

¿Vamos hacia un mundo sin secretos?
Mariano Grondona
Domingo 5 de diciembre de 2010

Hasta hace poco tiempo los Estados Unidos gozaron, lo mismo que su progenitor, el Reino Unido, antes que ellos, de un enorme privilegio geopolítico: mientras su territorio era invulnerable, ellos podían guerrear y comerciar en cualquier parte. Los ingleses habían usado este privilegio en el siglo XIX porque su flota mandaba sobre las olas. En el siglo XX los norteamericanos obtuvieron una ventaja aún más amplia porque no sólo dominaban las ondas marítimas, sino también las ondas aéreas a través de los satélites y, finalmente, de Internet. En posesión de una isla pequeña los primeros, en posesión de una isla "grande" los segundos, los dos imperios anglosajones pudieron invadir sin ser invadidos. En el caso de los norteamericanos, sin embargo, este monopolio espacial conoció tres excepciones. En 1941, Japón atacó Pearl Harbour. Su agresión no tuvo, empero, consecuencias duraderas porque poco después perdió la Segunda Guerra Mundial, cuando dos bombas nucleares destruyeron Hiroshima y Nagasaki. La segunda excepción a la invulnerabilidad geopolítica norteamericana se dio sesenta años más tarde con el ataque terrorista a las Torres Gemelas, en plena Nueva York. La tercera excepción, que estalló esta semana, ya no estuvo a cargo de un Estado como el japonés o de una organización subversiva como Al-Qaeda, sino de un empresario privado, el australiano Julian Assange, quien a través de su sitio de Internet WikiLeaks acaba de perforar la vasta red aérea de la diplomacia norteamericana.
Mientras la violación del espacio norteamericano tuvo en las dos primeras excepciones consecuencias limitadas, puntuales, la incursión tecnológica de Assange parece destinada, al contrario, a desnudar no sólo el espacio norteamericano, sino también el de las demás potencias, inaugurando una época enteramente nueva, una época en la cual ha empezado a extinguirse irremediablemente un reino que había caracterizado a las naciones desde el origen de los tiempos: el reino del secreto . A partir de la penetración de WikiLeaks en el espacio aéreo norteamericano nos hallamos nada menos que ante una revolución de alcance planetario, de la cual ni los Estados ni las corporaciones ni los individuos quedarán exentos de hoy en adelante.
Su majestad el secreto
El diccionario define el secreto diciendo que "es la práctica de compartir una información entre un grupo de personas, mientras se esconde esa información de personas que no están en el grupo". En el siglo XVI Maquiavelo justificó esta práctica con un principio, la razón de Estado , en virtud del cual los Estados se sentían con el derecho de reservar para sí cualquier información que no les resultara conveniente divulgar. La "razón de Estado" era propia de las monarquías absolutas porque ellas, por juzgarse "soberanas" (el Estado soberano se considera por encima, por sobre todo lo demás) no compartían con nadie, ni con otros Estados ni con sus propios súbditos, ninguna información que consideraran relevante para la toma de las decisiones.
La soberanía de los reyes absolutos cesó con la irrupción de la democracia porque a partir de ésta el pueblo, como en nuestra Revolución de Mayo, "quiso saber de qué se trata". Si ahora el pueblo, y ya no el rey, es el "soberano", es a él a quien hay que informar. Cuando decidió divulgar los mensajes secretos norteamericanos, ¿violó acaso Assange la soberanía de un Estado democrático? Es imposible afirmarlo porque en su caso eran los pueblos, y no los gobernantes, quienes tenía el derecho eminente de ser informados.
Assange aseguró este derecho cuando decidió compartir la información reservada que había obtenido con medios de prensa de alcance mundial como The New York Times , The Guardian , Le Monde , El País y Der Spiegel. ¿Cómo deberíamos calificar entonces su iniciativa? ¿Diríamos, todavía, que fue un acto de espionaje ? El diccionario denomina espionaje a la obtención de información confidencial mediante la infiltración, el soborno o el chantaje. Para ser caracterizada como "espionaje", la información así obtenida debe ponerse además al servicio de otro Estado extranjero. Assange difundió en cambio su información a los cuatro vientos, a través de grandes medios internacionales. ¿A cuál Estado extranjero particular estaba beneficiando con exclusividad? El hecho de que sus datos circularan entre millones de personas lo acercó, más bien, al ejercicio del periodismo. ¿No es acaso una función esencial del periodismo poner al servicio del público en general informaciones que, de otro modo, habrían quedado encerradas en los despachos oficiales? ¿Quién es entonces Assange? ¿Un infractor de las normas de seguridad al que debe castigarse o un abanderado del periodismo libre porque el pueblo, los pueblos, tienen el derecho de "saber de qué se trata", por encima de los designios gubernamentales?
Subinformación
Una vez que Assange compartió su responsabilidad de informar con grandes diarios, más de un observador hizo notar que el contenido de los mensajes que hasta ahora han sido publicados es nimio, en cierto modo decepcionante. Ante el alcance limitado de lo que se supo por WikiLeaks, cabe esta otra pregunta: Assange y los diarios, ¿no han difundido todavía todo lo que han aprendido, y nosotros con ellos, porque están reservando la munición gruesa para más adelante, o influye en ellos una prudencia extrema, lindante con la "subinformación"? ¿Gravita entonces aquí una elemental prudencia, para dosificar día por día lo que se va sabiendo, o estaremos en cambio ante una forma de autocensura, una práctica que merecería la condena de todo aquel que adhiera al periodismo libre? Parece natural, en este sentido, que los difusores de los miles de cables que desenterró el audaz empresario australiano obren con prudencia, ya que su acción se tornaría grave si, por efecto de ella, trascendieran informaciones comprometedoras para la seguridad nacional de los Estados Unidos o de cualquier otro Estado. El terreno cuya exploración han emprendido Assange y sus asociados, ¿podría resultar al fin un campo minado?
La doctrina ha dedicado enjundiosos estudios al análisis de la problemática que plantea el secreto. Libros como el de Sissela Bok, Secretos , y el de Karl Deutsch, Patología de la política , han abierto una ancha vía a la evaluación moral del secreto. Aquí habría que preguntarse cuál es el fin al que debería servir la ventilación de las informaciones confidenciales. En su obra La Providencia y la confianza en Dios , el teólogo moral Réginald Garrigou-Lagrange sostiene que las cosas de este mundo están destinadas por la Providencia al bien de los hombres de buena voluntad. ¿Podría aplicarse esta observación, por analogía, a la democracia? Si la difusión de los secretos de Estado sirve al pueblo, que es el soberano, ¿no debería impulsarse contra viento y marea, y sólo si lo perjudicara claramente tendría que juzgársela con más cuidado? A las auténticas democracias, que necesitan vivir en la verdad, toda información les es útil porque así las ayudaría a tomar sus decisiones. Son las dictaduras, en cambio, las que temen la difusión de lo que pasa. Es natural que un Chávez o sus émulos teman que se conozca la verdad, porque ella desnudaría su adicción al poder ilimitado. Los demócratas de aquí y de todas partes no deberían temer ni uno ni mil cables, salvo en aquellos casos excepcionales en los que, por ejemplo, el anuncio de una catástrofe incontenible e inminente hiciera cundir el pánico general de un modo sencillamente incontrolable.

Fuente: LA NACIÓN, de Buenos Aires.

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