Liberalismo

Argentina-CFK y los corparativismos-Deseos de imposible cumplimiento-

Publicada 06/12/2010
Política Nacional / Carlos Mira
Deseos de imposible cumplimiento

Los caminos operativos para generar un acuerdo social que no beneficie cúpulas sino personas son conocidos y están a disposición de los que quieran tomarlos con sincera apertura.

La presidenta Cristina Fernández volvió a referirse por cadena nacional al “pacto social” y –quizás advirtiendo que el perfume a pasado que todo eso tiene en la Argentina– aclaró, precavida, que ese pacto no será un acuerdo corporativo, sino algo que beneficie a toda la sociedad. La señora de Kirchner dijo textualmente: “(El pacto) no sólo deberá contemplar los intereses de los trabajadores sindicalizados, sino de toda la sociedad, porque si no estaríamos haciendo un acuerdo corporativo y nada más alejado de las ideas, la convicción y los sentimientos de esta presidenta que los acuerdo corporativos”.

Es cierto: Cristina se ha manifestado varias veces en contra del corporativismo. Pero lo ha hecho de palabra. En los hechos, sus medidas, sus decisiones y sus iniciativas responden al clásico corporativismo italiano de los años 40. ¿Por qué enfrenta Cristina esta incoherencia?

Es posible que la explicación a esta contradicción entre la expresión intelectualizada de lo que quisiera hacer y las iniciativas concretas que implementa, se deba a un déficit de formación de la presidente que intuye que todo ese fascismo pesado e inoperante produce el encumbramiento de algunos y el hundimiento de la mayoría, pero que no tiene los conocimientos teóricos ni la formación intelectual que le permitirían hacer lo que dice querer hacer.

La presidente correctamente presiente que ese acuerdo cupular lo terminan pagando todos. Más los ciudadanos de a pie, que poco o nada tienen que ver con las “organizaciones”, pero también (aunque en menor medida claro está por los cotos de caza que se han reservado en los “acuerdos”) aquellos que se creen beneficiarios, porque ese sistema imbricado, ineficiente, denso e inoperante termina generando tantos costos que lo que ganan en tanto pertenecientes a una guilda lo pierden en tanto ciudadanos. Entonces se alarma y dice: “¡Atención que este acuerdo al que convoco no tiene que ir solo en beneficio de los sindicatos y de los empresarios…!” Pero es que es imposible que no termine en eso dada la estructura que durante 60 años su partido ayudó a establecer en la Argentina.

Si la presidente hubiera abrevado en otras fuentes formativas o, al menos hubiera tenido acceso a ellas en una medida igual a las que mamó desde adolescente, habría tenido la posibilidad de sopesar la eficiencia de otro tipo de acuerdos sociales que sí generan beneficios para toda la sociedad y no solo para las corporaciones acuerdistas.

La presidente es inteligente pero tiene un sesgo en su formación intelectual que la traiciona. Justamente, como es inteligente, en algún rincón de su sentido común percibe que reunir a cámaras empresarias, sindicatos y Estado la dirige hacia un perfil mussoliniano de la vida que por lecturas y experiencia personales ya debe saber cómo terminan.

Es en esos momentos de lucidez en donde advierte que el “pacto” no debe ser para beneficio de los sindicalistas y de los empresarios sino para mejorar a toda la sociedad. Pero una vez que tiene esa percepción carece de las herramientas formativas que le permitirían instrumentar un acuerdo de ese tipo o, si las tiene o las conoce, su atávica ideología la traiciona.

Los caminos operativos para generar un acuerdo social que no beneficie cúpulas sino que beneficie personas son conocidos y están a disposición de los que quieran tomarlos con sincera apertura.

Esos caminos comienzan por algo muy básico y que, teniendo en cuenta la historia política de la presidente, es comprensible que le sea difícil desembarazarse de ellos. Se trata del entendimiento inicial de que las sociedades están compuestas por personas individuales y no por “organizaciones”. Este perfil mecánico, ingenieril, de las sociedades parte del supuesto de que los individuos son reemplazados por estructuras que transforman a las personas en engranajes que en alguna medida pierden su naturaleza de seres humanos únicos para transformarse en piezas de una maquinaria supuestamente “organizada”. Se trata del concepto de “comunidad organizada”, tan caro a los afectos del peronismo.

Una vez creadas esas “organizaciones” y dividida la sociedad en “sectores de actividad económica”, la lucha por los intereses sectoriales en contradicción con los intereses generales, es inevitable. Aun con la buena intención de que la beneficiada sea toda la sociedad, como dijo la presidente, la propia lógica del sistema lleva a que se terminen discutiendo y acordando tomas y dacas sectoriales que terminamos pagando todos.

La referencia “moderna” de estos sistemas, efectivamente, se remonta al experimento italiano de la preguerra, pero en realidad sus orígenes son las guildas medievales que provocaron el estancamiento del mundo durante más de 1000 años. Quien rompió esta antigüedad fue el pensamiento liberal clásico que conmovió al mundo por la simple vía de comunicarle a las personas: “Ey, ¿saben una cosa? ¡Ustedes pueden pensar por sí mismos!”. El impacto de la Reforma Luterana que terminó con el monopolio sacerdotal del pensamiento en el Cristianismo, produjo un terremoto imparable para el progreso humano.

Esa iniciativa que entregó a las personas la capacidad de decidir su futuro y su vida, obligó a encontrar caminos racionales de organización social espontánea que, a la vez que resguardaran esa libertad personal innata, permitiera la convivencia civilizada dentro de un orden jurídico genérico e igualitario que protegiera al mismo tiempo la libertad individual y el gregarismo social.

Así nacieron las constituciones que, efectivamente, no son otra cosa que “pactos”, pero no entre cúpulas corporativas, sino entre ciudadanos libres que se reservan para sí la vigencia de derechos autoevidentes derivados de la naturaleza de las cosas y que organizan su vida en común para que cada uno pueda desarrollarse conforme su propio ideal, su horizonte de felicidad y entrando en una interdependencia a través de la cual cada uno puede ir alcanzado su satisfacción al mismo tiempo que contribuye a la del prójimo, interactuando con él, al amparo de una ley igualitaria y de jueces imparciales.

En este esquema social todos se necesitan mutuamente. Es como si las personas no llegaran completas a este mundo y todas necesitaran interactuar con sus semejantes para que cada uno vaya alcanzando su propia felicidad. Esta idea se basa en la vigencia de un orden jurídico genérico e igualitario; la antítesis del esquema corporativo que inventa tantos ordenamientos jurídicos como “actividades” haya en la sociedad bajo la forma de estatutos especiales y mil engendros parecidos.

Como se ve, el rompimiento que la presidente debería hacer con toda la estructura mental que la formó es monumental. De integrar un “movimiento” cuya mismísima existencia está basada en las corporaciones sindicales y empresariales y en los órdenes jurídicos específicos, debería pasar a liderar una idea basada en el derecho común y en la libertad de asociación individual como fundamento del beneficio que ella llama “de toda la sociedad”. Si la presidente no logra desembarazarse de una manera de encadenar sus razonamientos que la llevan necesariamente a los acuerdos de cúpulas -con los que por otro lado dice no estar de acuerdo porque contrarían “sus ideas, sus convicciones y sus sentimientos”- terminará inexorablemente en ellos aun cuando algún costado de su inconsciente los rechace.

Ojalá ese ruidito interno que la presidente percibe en los pliegues más íntimos de sus pensamientos la lleven a bucear en las ideas que pueden sacarla de la contradicción y, a nosotros, salvarnos de una vez por todas del fascismo.

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