Liberalismo

RECORTES DE HISTORIA-Florencio Sánchez-7 de noviembre se cumplieron 100 de su muerte

RECORTES DE HISTORIA
En busca de un olvido absurdo “con mi pluma, señora”
POR LINCOLN R. MAIZTEGUI CASAS
El 7 de noviembre de este 2010 se cumplieron 100 años de la muerte de uno de los más importantes intelectuales nacidos en este país: Florencio Sánchez. El aniversario pasó prácticamente desapercibido, y no es para sorprenderse. No hay más que preguntar a cualquier transeúnte menor de 40 años quién fue ese señor, y puede apostarse doble contra sencillo que no tendrá ni idea. No solo la obra entera de este dramaturgo de fundamental importancia en la evolución de la cultura nacional se birla a la ciudadanía, sino que su propio perfil humano de revolucionario y agitador social se ignora olímpicamente. Menos mal que aún quedan intelectuales de la talla del Dr. Antonio Turnes, que acaba de publicar un libro titulado Florencio Sánchez, los misterios de su vida, pasión y muerte, que sirven para rasgar la pátina del olvido. Triste país este, que parece decidido a renunciar a lo mejor que ha dado de si mismo. Esta breve sinopsis biográfica, inspirada directamente en la señalada reconstrucción del Dr. Turnes, aspira únicamente a que esta sección dedicada a la historia no aparezca como cómplice de esa desmemoria que debería cubrirnos a todos de rubor.

Una niñez errante. Florencio Sánchez nació en Montevideo el 17 de enero de 1875, cuando comenzaba el que sería llamado “año terrible”. Fue el hijo mayor de Olegario Sánchez y de Jovita Musante, que vivían en Agraciada no 26 esquina Cuareim. Los Sánchez eran blancos, y dieron a su primogénito dos padrinos de prosapia oribista: Ignacio y Carolina Mena. Según la escrupulosa enumeración del Dr. Turnes, tendría Florencio 11 hermanos: Ubaldo, Alberto, Elvira, Jovita, Celia, Ricardo, Carlos María, Raúl, María Mercedes, José y Vito. De acuerdo al mismo autor, habría que agregar a Elbio, fallecido en la ciudad de Minas el 10 de enero de 1892, cuando contaba apenas 15 meses.

Con semejante familión y en tiempos de crisis, no es extraño que el matrimonio Sánchez haya tenido que buscarse la vida a lo largo y a lo ancho del país, y que Florencio haya tenido una niñez errante. Vivió sucesivamente en Treinta y Tres, donde aprendió a leer, y luego, a los siete años, en la ciudad de Minas, por entonces un centro cultural de notable nivel. Señala el Dr. Turnes que en Treinta y Tres el niño fue alumno de Olegaria Machado Amor, a quien define como “una maestra distinguida y romanticona”; fue mucho más que eso. Olegaria Machado Amor (1863-1920) llenó con su poderosa personalidad toda una época de la cultura minuana, fue una poetisa muy atendible –de esas que habrá que rescatar algún día del olvido– y una activa militante blanca, que tuvo el coraje de poner una alfombra celeste al paso de Aparicio Saravia por las calles de su ciudad, en 1904. Dejó en Florencio una huella muy profunda, tanto como para que el dramaturgo la visitara, poco antes de partir para Europa.

En 1884 los Sánchez regresaron brevemente a Montevideo, y estuvieron algunos años viviendo “a caballo” entre ambas ciudades, pero en 1889 Florencio estaba en Minas, trabajando como tipógrafo en el diario La Unión. El Dr. Pedro Belou lo evocaba así, según cita de Aníbal Barrios Pintos: “Era alto y muy delgado. Se le objetaba su indisciplina; se lo consideraba elemento inadaptable a su oficio y al que pronto despedirían. Supe que hacía versos, satirizando a las personas que a su juicio merecían ser censuradas; y esos chascarrillos andaban en manos y en boca del personal restante”.

Un hermano de don Ignacio Sánchez, de nombre José Antonio, tenía una excelente posición en Minas, y llegó a ser presidente de la Junta Económico Administrativa de la ciudad serrana, en 1890. Empleó a su sobrino Florencio como administrativo, con un sueldo de diez y seis pesos mensuales. Paralelamente, comenzó a escribir artículos en un diario llamado La Voz del Pueblo, que firmaba como “Jack (sin destripador)”. Al parecer, sus artículos eran directos y dolorosamente agudos, lo que molestó a notables personalidades del medio. De ese tiempo es el drama jocoso (para algunos) “Los soplados”, que fue su primera obra escénica. Hace, además, sus pininos como actor dramático, y obtiene críticas favorables de los cronistas locales.

A los saltos. Como era de esperar, “Jack (sin destripador)” fue despedido en 1892, ante las protestas del respetable ante sus ácidas sátiras. Y el 31 de marzo de 1893 la Junta Económico Administrativa (presidida a la sazón por Brígido Silveira, hijo del legendario caudillo colorado del mismo nombre) lo declaró cesante por “haber hecho abandono completo de sus deberes, pues no asistía con puntualidad a la oficina”. No en balde faltaba, ya que se había trasladado a Argentina, en busca de fortuna o lo que más se le pareciera. Se radicó en la ciudad de La Plata, trabajó como empleado administrativo de la Oficina de Identificación Antropométrica y conoció a quien sería uno de sus mejores amigos, otro oriental llamado Antonio Masoni de Lis, quien trató de apartarlo de una bohemia que lo atraía con fuerza y animarlo a que leyera todo lo que le fuera posible y escribiera. Al quedar cesante otra vez, en 1894, regresó a su patria. Sin trabajo y sin ingresos (pero con mucha ambición y bastantes conocimientos; con la ayuda de diccionarios, y al parecer sin profesor, había aprendido bastante bien el francés y el italiano) consiguió emplearse en El Siglo y luego en La Razón, diario que dirigía Carlos María Ramírez. El minuano Julio Piquet lo evocaba así, años más tarde: “El jovencito –que estaba fumando su pipa y traduciendo un artículo de Le Figaro, tenía un físico singular: Delgado, fino hasta quebrarse, tenía unas manos delgadas, casi simiescas, que le quedaban a una cuarta de distancia de la bocamanga. Después de las manos, me chocó el cabello, que se partía al medio de la cabeza y caía a los lados, como los juncos peinados por el viento en la orilla de los arroyos. Las manos pasaban por el pelo echándolo hacia atrás y entonces, al hacer ese movimiento, se descubrían los ojos velados por largos párpados pesados, unos ojos oscuros, redondos, de córnea algo enramada, que parecían destinados a regir la visión del mundo exterior. Y ninguna pose; la sencillez misma, y una predisposición juvenil a reír, a gozar de lo poco que buenamente quisiera darle la vida”.

Afirma José María Fernández Saldaña, en su “Diccionario Uruguayo de Biografías”, que Carlos María Ramírez “lo descubrió, como alguien dijo, entre el montón adocenado de “ratas de imprenta”, augurándole un lisonjero porvenir. De esa época son los cuentos firmados por “Octavio Paredes”, y las crónicas policiales, en que apuntaban ya los diálogos”. Escribió también en “El Nacional”, que dirigía Eduardo Acevedo Díaz. Lo cierto es que Florencio vivía a los saltos, como una juvenil langosta, buscando abrirse un camino como escritor cuya realidad iba madurando, tal vez, en su interior.

En la revolución. Al estallar el movimiento revolucionario de 1897 se incorporó al mismo en el batallón “Patria”, de infantería. No hay constancia de que haya entrado en acción; lo que sí se sabe es que, en el duro combate de Cerros Blancos, y probablemente como consecuencia de una huida, se sintió afectado por el grito del caudillo (¡”Flojos!”), y abandonó la causa, aunque no inmediatamente; todavía el 29 de julio estaba en el ejército blanco, escribiendo una especie de diario manuscrito de carácter satírico, que hacía circular de mano en mano y que se titulaba “El combate”. Se pasó de la raya al burlarse de uno de los jefes, y para evitar represalias pasó a Santa Ana y cerró su etapa de revolucionario.

No abandonó de inmediato, como suele suponerse, su militancia nacionalista; en junio de 1898, con 23 años, asumió la dirección del diario El Teléfono, de la ciudad de Mercedes. Fue convocado para ese cargo por la Comisión Departamental del Partido Nacional de Soriano, que presidía el Sr. Antonio Borrás. Duró apenas dos meses y medio en esa función, que abandonó arguyendo razones de salud. Tras una breve temporada en Montevideo, regresó a la Argentina, esta vez a la ciudad de Rosario de Santa Fé, para trabajar en La República, diario que dirigía Lisandro de la Torre.

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El protagonista
No puede ser otro que Florencio Sánchez, el renovador del teatro rioplatense, uno de los espíritus más inquietos y creativos de principios del siglo XX.

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Breves
«NO FUNDA EL TEATRO NACIONAL; PERO CREA UN GÉNERO, LO IMPONE Y VULGARIZA. NO LO FUNDA PORQUE YA ESTA FUNDADO PERO LO REJUVENECE»(C. ROXLO)

«LO POCO QUE LEE, LO LEE SIN REGLA. LA HOLGANZA LE PLACE. EL ORDEN LE IRRITA. NO TIENE RUMBO EN CUESTIÓN DE PARTIDOS, Y TERMINA EN LO ANÁRQUICO. (C. ROXLO)»

«LEYÓ, DESORDENADAMENTE, CUANTO LIBRO Y REVISTA CAYERON EN SUS MANOS, Y ASÍ APRENDIÓ NOCIONES VULGARIZADAS DE HISTORIA, DE LITERATURA Y DE FILOSOFÍA (A. ZUM FELDE)»

«NO CREO EN USTEDES, PATRIOTAS, GUAPOS Y POLITIQUEROS (FLORENCIO SÁNCHEZ), “NO CREO EN USTEDES”, UNA DE LAS TRES “CARTAS DE UN FLOJO”»

«FUE AMIGO DE JULIO HERRERA Y REISSIG Y ESPORÁDICO ASISTENTE A LA “TORRE DE LOS PANORAMAS”, EN LA CALLE ITUZAINGÓ CASI CIUDADELA” (A. TURNES)»

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Fuente: EL OBSERVADOR, de Montevideo.

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