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RECORTES DE HISTORIA
Una mujer de armas tomar
Hoy > Josefa Oribe de Contucci
Cruzada libertadora. María Josefa Oribe, “Pepa”, contribuyó con recolección de fondos en forma clandestina   
POR LINCOLN R. MAIZTEGUI CASAS
   
La historia está cargada de personajes masculinos, como si ellos hubieran sido sus protagonistas absolutos. Y se olvida, con superficialidad, del papel jugado por las mujeres, que tuvo una importancia fundamental. Aunque con frecuencia su nombre no se mencione sino lateralmente, en nuestra sociedad como en todas, las mujeres han tenido un peso decisivo.
Hoy se evoca en esta nota la vigorosa figura de una mujer que, desafiando soberanamente las convenciones de la época, adoptó una postura política militante y antepuso la patria a su familia y, presumiblemente, a sus propios sentimientos. Ella fue María Josefa Oribe, paladina de la causa de la libertad, una mujer, literalmente, de armas tomar.

Una “niña bien”. María Josefa Francisca Oribe y Viana fue la sexta hija del matrimonio entre el capitán Francisco de Oribe, vasco de Laredo, y María Francisca Nicolasa de Viana y Alzáybar, y nació en Montevideo el 13 de setiembre de 1789. Era, por lo tanto, tres años mayor que su celebérrimo hermano Manuel Ceferino (que llegaría más tarde a ser su yerno) y seis que el futuro general Ignacio Abdón. Sus hermanos se llamaban, de mayor a menor, Vicente Francisco, Tomás Hermenegildo, Rafael Isidro, Margarita, María Isabela Bernabela (mayores que ella), María de la Concepción, Manuel Ceferino, María Concepción Juliana de la Santísima Trinidad, Ignacio Abdón del Corazón de Jesús, María Dolores Cecilia de la Santísima Trinidad y Francisco José Doroteo de la Santísima Trinidad (más jóvenes).

Se crió en el seno de una familia tradicional y conservadora. Su padre, Francisco Antonio de Oribe de las Casas, era descendiente de fray Bartolomé de las Casas, y su madre, hija de José Joaquín de Viana y de María Francisca de Alzáybar, apodada la Mariscala, tenía entre sus ancestros nada menos que al Cid Campeador. Pese a todos estos títulos, el hogar era más bien pobre, afectado por los avatares de la carrera militar de su padre, un capitán de artillería cuya modesta paga era percibida con irregularidad. La situación económica terminó de complicarse cuando Francisco Oribe debió trasladarse con su prole a Lima, donde había sido destinado. De acuerdo a los hábitos de la época, tuvo que costearse el viaje, que rondó la abultada suma de 30.000 pesos. Llegaron los Oribe a la capital del Perú en 1800, y al año siguiente falleció, al parecer de manera sorpresiva, el cabeza de familia, dejando a su esposa y a sus hijos desvalidos. Tuvo María Francisca que ingeniárselas para regresar por sus propios medios a Montevideo, y ello consumió sus últimas reservas. Su marido le dejó una exigua pensión de 20 pesos, cuyo cobro le supuso un engorroso trámite burocrático que se solucionó recién en 1804.

La forma en que esta tragedia familiar afectó a María Josefa, criada hasta entonces como una “niña bien”, sólo puede suponerse; tenía, cuando falleció su padre, 11 años, y seguramente fue de los que más padeció las estrecheces económicas, apenas aliviadas por la generosidad de su tía Margarita y de su influyente tío Francisco Javier de Viana. Por ello, su matrimonio, a los 16 años, con Felipe Contucci, un aventurado hombre de negocios, celebrado el 21 de octubre de 1805, parece haber sido más una salida a la situación económica que producto del amor.

La “Tupamara”. El matrimonio tuvo una única hija, Agustina Contucci y Oribe, que con el tiempo se casaría con su tío Manuel. Y duró muy poco, debido a la creciente diferencia de opiniones políticas de los cónyuges. Felipe Contucci, hijo del portugués Francisco José da Silva Felez (aunque usaba el apellido de su madre, la florentina Natalia Contucci), se convirtió en paladín de los derechos de la princesa Carlota Joaquina de Borbón (esposa del que sería luego rey Juan VI de Portugal) a los dominios españoles del Río de la Plata, y más tarde en defensor de la dominación luso-brasileña en la Banda Oriental. María Josefa (a quien todos llamaban Pepa) siguió su propio camino y se jugó por la pertenencia de su patria a las Provincias Unidas, y posteriormente por la independencia total.

El matrimonio parece haber hecho crisis en 1810, al estallar la revolución. Contucci se fue a Buenos Aires y más tarde a la frontera brasileña (donde tenía tierras, algunas en territorio oriental –Caraguatá– donadas por Santiago Liniers por su contribución a la lucha contra los ingleses, como armador de barcos) mientras Pepa se quedó en Montevideo y fue fortaleciendo su imagen de perpetua conspiradora. Junto a otras señoras de la ciudad (Ana Monterroso de Lavalleja, entre ellas) hizo todo lo posible por favorecer la causa de los patriotas durante ambos sitios, y comenzó a ser vista por el gobierno colonial como un peligro. Citamos a Aníbal Barrios Pintos: “En el Archivo Histórico Nacional de Madrid existe la constancia documental de que María Josefa Oribe era considerada en la época como una insurgente, o sea, tupamara (que es como allí les llaman).”

Avatares revolucionarios. Por entonces los españoles tenían preso a Manuel Blanco Encalada, un marino partidario de la independencia de estas tierras. Pepa y su tía Margarita Viana y Alzaybar, ayudadas por el joven Manuel, idearon un complot mediante el cual Blanco Encalada logró fugar de la cárcel de la Ciudadela. Las dos mujeres fueron puestas a su vez en prisión, y según parece, bastante maltratadas. Los bienes de los Oribe y los Alzáybar fueron confiscados. Recuperaron la libertad cuando las huestes artiguistas entraron en Montevideo, en marzo de 1815, y Pepa se dedicó entonces a criar a su única hija, mientras su ya ex marido (no había divorcio, pero el matrimonio podía darse por disuelto) se establecía en Río de Janeiro. Hacia 1823 Contucci regresó a Montevideo y ocupó durante un breve lapso la presidencia del Cabildo de Montevideo, de filiación pro lecorina; pero no hay indicios de que ambos esposos hayan reanudado su relación. Pepa se erigió en un auténtico azote para las autoridades de la Provincia Cisplatina. En marzo de 1824 un indignado Nicolás de Herrera se quejaba, en carta a Lucas J. Obes, de la situación de Montevideo en estos términos: “Las Oribe cantan en las ventanas canciones patrióticas y, vestidas de luto, manifiestan con descaro sus sentimientos”.

Los “Pernambucanos”. En la etapa preparatoria de la Cruzada Libertadora Pepa organizó clandestinamente una recolección de fondos a favor de los patriotas, y después del desembarco ideó un plan conspirativo de inconcebible audacia. Existía en la ciudad un batallón de soldados brasileños –los “Pernambucanos”– que se encontraba disconforme con el trato que recibía; según Luis Ceferino de la Torre, la mayoría de sus oficiales eran republicanos. María Josefa consiguió convencerlos de que debían sublevarse y entregar la plaza a los revolucionarios. Tan lejos fue la conspiración como para que los sargentos empeñados en la tentativa escribieran a Buenos Aires pidiendo la llegada de un jefe que “se pusiese a la cabeza del movimiento”. Los dirigentes revolucionarios enviaron 18 onzas de oro para repartir entre los soldados, y varios cajones de cartuchos; la propia Pepa Oribe fue la receptora de este envío. La rebelión debía estallar en el momento en que las tropas comandadas por Lavalleja y Manuel Oribe se aproximaran a los muros de la ciudad. Pero cuando ello ocurrió, el 7 de mayo de 1825, los Pernambucanos se dieron a imprudentes muestras de alegría, lo que advirtió a los hombres de Lecor. Ese mismo día fueron prendidos todos los sargentos que no pudieron huir a tiempo, y la conspiración quedó abortada. La propia Josefa Oribe debió escapar precipitadamente, y se unió a las huestes que sitiaban la capital. Su actividad revolucionaria parece haber alcanzado entonces su nivel más frenético. Julio Lerena Joanicó recuerda que “en compañía de un fiel servidor (…) recorre día y noche los campos a fin de conquistar prosélitos”.
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Una fecha
   
15/3/1835
Ese día falleció en Montevideo la protagonista de esta nota, cuyo nítido perfil de revolucionaria y conspiradora ha sido injustamente olvidado.
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La protagonista
   
Josefa Oribe de Contucci una abnegada luchadora en pro de la libertad de su patria, en desafío abierto de las convenciones de su tiempo.
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Últimos fulgores y el olvido
   
En determinado momento del año 1825 los revolucionarios estaban urgidos de material médico y quirúrgico. Pepa Oribe, entonces, se pintó la cara de negro, se vistió como una lavandera y, montada en un caballo viejo y pachuco, con un atado de ropa en las ancas, logró ingresar a la plaza como una esclava más. Se dirigió entonces a casa de su amigo el médico brasileño José Pedro de Oliveira, y pidió hablar con él. Este la recibió, y ante su sorpresa, Pepa Oribe se dio a conocer y pidió que le vendiera el material médico que necesitaba. El médico se negó en redondo, afirmando que, de cumplir lo que se le pedía, se transformaría en un traidor. Sin inmutarse, Pepa le recordó su juramento hipocrático, y argumentó que, ya que lo que le pedía tenía como objetivo curar heridos y aliviar dolores, no sólo no transgredía norma ética alguna al aceptar dicha solicitud, sino que precisamente lo haría si se negaba. De Oliveira terminó por ceder y entregarle el material. Pepa escondió la carga en el atado de ropa y emprendió el sendero de regreso.
En junio de 1826, y según los recuerdos de José Brito del Pino, volvió a entrar en la plaza clandestinamente y se enteró de que los brasileños habían montado una emboscada en el sitio por donde iban a pasar tropas patriotas. Salió de inmediato y advirtió a sus compañeros, que pudieron así evitar un encuentro que pudo haber sido fatal.

Culminada la lucha emancipadora, Pepa Oribe se recluyó en su casa de Montevideo y se dedicó a su hija y a sus hermanos. El 18 de febrero de 1829 su hija Agustina se casó con Manuel, en uso de una dispensa eclesiástica. La sensibilidad actual tiende a rechazar estos matrimonios de tan cercana consanguinidad, pero eran muy comunes en ese tiempo. Por otra parte, la diferencia de edad entre los contrayentes no era demasiado grande: Manuel tenía 36 años y Agustina 22. Dice José de Torres Wilson: “La estricta delimitación de competencias que reservaba a la mujer el ámbito del hogar deben haber contribuido a emparejar la pareja”.

En 1834 la vieja luchadora cayó enferma, y falleció en Montevideo el 15 de marzo de 1835, a los 45 años de edad. Y comenta Jorge Pelfort: “Murió dos semanas después de que su hermano Manuel asumiera la Presidencia de la República. No alcanzó pues a tener participación en nuestras contiendas político-partidistas, lo que hace aún más inexplicable la proscripción de su nombre de nuestra historiografía y del nomenclator de la ciudad”. De los numerosos olvidos de nuestra historia, tal vez el más injusto es de la “Tupamara”, que se negó a ser mero apéndice de su marido e hizo de la lucha por la libertad de su patria su básica razón de vivir.
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Fuente:EL OBSERVADOR, de Montevideo.

Comentarios

Hace mas de 40 años que vivo en la zona y he pasado siempre donde está la plazoleta con el nombre de Josefa Oribe ,pero jamás le había prestado atención hoy 28 de noviembre de 2012 me he detenido a leer la placa ,llegue a mi casa y lo primero que hice fue buscar en la computadora e informarme quien era este personaje el cual me resultó algo maravilloso que siendo tan joven tuviera ese espíritu de lucha arriesgando su vida para conseguir un bienestar para la patria mas equitativo.

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