Liberalismo

RECORTES DE HISTORIA-Jerónimo , Juan Carlos y Elisa Maturana-Hoy>Un relato de amor

RECORTES DE HISTORIA
Jerónimo, Juan Carlos y Elisa
Hoy > Un relato de amor

POR LINCOLN R. MAIZTEGUI CASAS
   
Nuestra historia (y la de muchos otros sitios) está algo enferma de acartonada trascendencia y de política. Y suele ignorar o dejar de lado algunas bellas aventuras individuales, de esas que con frecuencia terminan por parecer menos verosímiles que el más imaginativo de los relatos. Hoy vamos a ocuparnos del triángulo amoroso formado por el poeta Juan Carlos Gómez, el Dr. Carlos Jerónimo Villademoros y la infortunada Elisa Maturana, el amor de ambos, que alguna vez fue comparada con Lucia Ashton, la heroína de sir Water Scott, obligada a casarse con una persona diferente a aquella de la que estaba enamorado. La trama es bastante conocida, por lo menos para los que gustan de las peripecias individuales, pero en muchas ocasiones ha sido tergiversada, precisamente porque las visiones políticas no han podido dejarla en paz. Así sucede, por ejemplo, con la obra teatral “Las alamedas de Maturana”, de Milton Schinca, que resulta –valores dramáticos al margen– una burda parodia de lo que realmente pasó.
Jerónimo. Se cuenta que sobre fines del siglo VIII Mauregato, usurpador del trono de Asturias, pactó con un caudillo musulmán la entrega anual de cien doncellas cristianas destinadas a los harenes de los invasores. El caballero Diego Peláez de Valdés, al regresar de un destierro, encontró su casa solariega ocupada por un moro que tenía varias muchachas prisioneras como parte del vergonzoso compromiso; y que después de desafiar y vencer al intruso en singular combate, lo encadenó y liberó a las cautivas. A partir de ese acto heroico la familia Peláez de Valdés adoptó un escudo que reconstruye la escena y que contiene esta leyenda: “El moro que preso está/ y que en la cadena pena/ de Villa de Moros era”. Los descendientes de don Diego pasaron a llamarse entonces Peláez de Villademoros, y participaron destacadamente en los combates de la Reconquista.

Uno de los descendientes de esa familia, Ramón Antonio Villademoros, nacido en Folgueras (Asturias), emigró a Montevideo a principios del siglo XIX y en 1805 se casó con Jacinta Isabel Palomeque, montevideana de origen andaluz. De ese matrimonio nacieron cinco hijos: Carlos Jerónimo, Pedro, Isabelino, Carolina y Benjamín. En 1811 Ramón Antonio se integró a la revolución, luchó contra la invasión portuguesa y fue luego destinado al Ejército del Norte. En 1815 fue capturado por los españoles y fusilado.

Carlos Jerónimo Villademoros y Palomeque había nacido el 30 de diciembre (o de septiembre, según Carlos Anaya) de 1806 en la estancia El Sarandí, que pertenecía a su abuelo materno Antonio Palomeque y quedaba en el actual departamento de Treinta y Tres. Estando su familia comprometida con la causa revolucionaria, la estancia fue invadida y saqueada por los portugueses, razón por la cual Jacinta Isabel, con sus cinco hijos, se marchó a San Carlos. En 1816 se radicó en Montevideo bajo la protección del ilustre Carlos Anaya, que era el padrino de Carlos Jerónimo. Este cursó sus estudios primarios en la escuela del padre José Benito Lamas y en plena adolescencia marchó a Buenos Aires, en usufructo de una beca que se le asignó como huérfano de la patria y por influencia del propio Anaya, para cursar estudios en el Colegio de la Unión. Luego de intentar la carrera militar, por la que no sentía vocación, se decantó por las leyes y recibió el título de Doctor en Jurisprudencia en 1827. Ese mismo año contrajo enlace, el 2 de junio, con Micaela de la Concepción Correa y Angós, que había nacido en San Carlos el 6 de diciembre de 1806 y se trasladó a la capital porteña para casarse. Se trató presumiblemente de la culminación de un noviazgo iniciado en la adolescencia de ambos, que tenían casi exactamente la misma edad. El matrimonio tuvo dos hijas: Carolina y Micaela.

En los años inmediatos desarrolló una intensa carrera política, vinculado a la figura de Manuel Oribe. Fue el canciller del gobierno del Cerrito, y mantuvo una postura americanista que se mira mejor o peor según el color del cintillo de quien la juzga. Luego de la Guerra Grande, dedicó los últimos años a escribir sus memorias, que no llegó a concluir y que tienen un tono melancólico y autocompasivo. “Por servir a la Patria –escribió– o en el vehemente deseo de serle útil, me arrojé a la defensa de un principio, sin omitir sacrificio de ningún género, en el período de trece años que se llevaron en pos de sí todas las ilusiones de mi vida. Presta materia a serias reflexiones la manera con que se enlazan los sucesos que arrastran al hombre de conciencia, precipitándole por esa pendiente resbaladiza hasta el impuro piélago en que su fe se añeja, sin que encuentre justificación posible cuando, al término de su derrumbe, se despierta en la vida real y ve los inmensos males a los que ha contribuido, incauto”. Falleció el 1 de febrero de 1853, a los 46 años.

Juan Carlos. Introductor del romanticismo en la poesía nacional, político de discutida trayectoria (quién no lo ha sido), periodista de altos vuelos (a su inventiva se debe el nombre de “candomberos”, que se dio a los que se oponían al principismo), Juan Carlos Gómez nació en Montevideo en julio de 1820. Era hijo de un oficial portugués que llegó cuando la Cisplatina, de modo que su verdadero apellido era Gomes y no Gómez. Se educó en su ciudad natal, pero en su adolescencia vivió un tiempo en Río Grande do Sul. Apasionado y vehemente, alternó la composición de sus hermosos versos con una actividad política continuada, que lo llevó a tener una vida errante. Vivió en Chile, varias veces en Buenos Aires (donde tardíamente obtuvo el título de abogado) y en Montevideo, donde se ligó al Partido Conservador, escisión del coloradismo caracterizada por una radicalidad extrema. Durante el breve triunvirato formado en 1853 luego del derrocamiento del presidente Juan Francisco Giró (y que integraban Lavalleja, Rivera y Venancio Flores) ocupó el ministerio de Relaciones Exteriores. Viajó a Europa, vivió a caballo entre Montevideo y Buenos Aires, bregó en cierto momento por el retorno del Uruguay al tronco del que se había separado, mantuvo ácidas polémicas con todos los dirigentes políticos de ambas márgenes del Plata y murió en la capital argentina en mayo de 1884. Nunca se casó. Pese a que cierta historiografía lo ha considerado casi el paradigma del intelectual romántico, ni su físico más bien rechoncho, ni su vida razonablemente larga (tenía 64 años cuando falleció, lo que para la época no estaba nada mal) coinciden con esa imagen. Sus poemas –como los de Villademoros– se hallan hoy totalmente olvidados, aunque uno de ellos se recita alguna vez (y hasta se canta) por su ingeniosa construcción en esdrújulas y su rebosante sentido del humor:

“Eres un tósigo
mujer narcótica.
¡La furia erótica
siento por ti!
Yo soy un lúgubre
joven romántico,
con un Atlántico
dentro de mí.

Piedad al náufrago
mujer esdrújula,
sé tú la brújula
de mi vivir.
Mira esos túmulos
del orden jónico . . .
serán un tónico
para sufrir”.

Elisa. Era hija de Felipe Maturana y Durán, que fuera edecán militar de don Manuel Oribe, y de María Carvalho, que raigambre portuguesa, como su pellido proclama a gritos. Nació en Montevideo el 18 de febrero de 1823 y fue, según todos los testigos, una joven de extremada belleza y temperamento melancólico, propio –ella sí– de su tiempo romántico. A los 16 años conoció a Juan Carlos Gómez y entabló con él un noviazgo que llegó hasta la etapa del compromiso. Por entonces, la familia Maturana vivía en una quinta situada en el Paso del Molino. En 1843 Juan Carlos llegó de improviso a la quinta y le dijo a su prometida que los avatares políticos lo obligaban a marcharse del país. Ella le dio como recuerdo un guardapelo que contenía un retrato suyo, y un rizo de su cabellera.
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Desmelenado melodrama
   
Carlos Jerónimo Villademoros enviudó de su primera esposa a principios de la década de 1840 (ni Apolant ni Goldaracena informan sobre la fecha exacta del deceso), y el 2 de junio de 1844 se casó en segundas nupcias con Elisa Maturana. La boda tuvo como padrinos a Manuel Oribe y a su esposa y sobrina, Agustina Contucci.
La historia adquiere ribetes de romántica leyenda, o de desmelenado melodrama, de aquellos que escribieron las hermanas Bronté o narrara para el cine el inmenso William Wyler. Se dice que el noviazgo entre Juan Carlos y Elisa nunca fue bien visto por don Felipe Maturana, por diversas razones (entre ellas, las de índole política), y que cuando en 1843 Gómez se marchó del Uruguay para radicarse en Chile, aprobó de inmediato el matrimonio de su hija con Villademoros. Se ha dicho también que Oribe presionó a su edecán para favorecer las intenciones de su canciller, y que Elisa se casó casi por la fuerza, contra su voluntad. Luis Bonavita afirma que “llegó al altar bajo la presión materna y puso su pequeña mano, –en cuyo hueco ardía aún la brasa del último beso desesperado de Juan Carlos Gómez–, en la del ministro don Carlos Villademoros a quien no quería, y apenas estimaba”.

La versión tiene como base el persistente celibato de Juan Carlos Gómez, quien, al parecer, nunca pudo recuperarse de aquel amor de juventud. Y, desde luego, la prematura muerte de Elisa, quien falleció en 1846 después de perder dos hijos, con apenas 23 años de edad. Pero la otra parte de la misma –el matrimonio desdichado– no parece tener otra realidad que la fortuna adversa –la muerte de dos infantes, la de la propia esposa en la flor de su juventud–. Ni hay constancia de que Villademoros haya aprovechado –lo que hubiera sido bajo– su influencia política para conseguirla, ni los testimonios de los supervivientes confirman que se tratase de una unión mal avenida o desdichada.

Por el contrario, las hijas del canciller de Oribe con su primera esposa, Carolina y Micaela, adoraban –según testimonio de la familia de Vedia, uno de cuyos miembros más ilustres, Agustín, fue esposo de Carolina-– a su madrastra, a la que llamaban “mamita Elisa”. Por otra parte, y sin menospreciar su dolor por el amor perdido, Juan Carlos Gómez tuvo más tarde, y a lo largo de toda su existencia, una vida sentimental variada e intensa, e incluso al menos dos hijos naturales, entre ellos una niña a quien puso por nombre Elisa.

La leyenda de la virgen obligada a casarse con quien no quería, como la infortunada Lucia Ashton de la novela de sir Walter Scott y la ópera Lucia di Lammermoor, de Gaetano Donizetti, tiene una indudable sugestión romántica; pero parece ser solo eso, una leyenda.
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Una fecha
18/II/1824
Ese día vino al mundo Elisa Maturana, en un hogar patricio de convicciones oribistas presidido por quien fuera edecán militar del caudillo
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La protagonista
   
Elisa Maturana y Carvalho arquetipo de la heroína romántica, cuya breve vida está cubierta por la pasión y la leyenda
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Fuente:EL OBSERVADOR, de Montevideo.

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