Liberalismo

Uruguay-Cultura social-Retorno del “plebeyismo”-Por JUAN JOSÉ GARCÍA

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Retorno del “plebeyismo”
JUAN JOSÉ GARCÍA (*) ESPECIAL PARA EL OBSERVADOR
Hace unos días estaba leyendo unas reflexiones de Ortega sobre Goya. Me llamó la atención que hiciera referencia a un fenómeno que califica como “plebeyismo”. Aclara que el término lo toma de la lingüística: cuando de dos palabras que significan lo mismo, una tiene origen culto y la otra uno popular y se prefiere esta última se designa así esta preferencia. Ortega extiende a usos y costumbres el término para explicar lo que ocurría en la España del siglo XVIII. Normalmente las clases de condición social más modesta tienden a imitar el estilo de vida de las minorías con mayor capacidad de influencia social; pero en ese siglo se invierten los papeles en la sociedad española y solo una minoría, los ilustrados, intenta oponerse a esa tendencia sin mayores resultados.
¿Por qué traigo a colación el análisis de Ortega de lo que ocurría en un tiempo que ya nos queda muy lejano a nosotros que estamos comenzando el tercer milenio en Sudamérica? Sencillamente porque detecto comportamientos en cierto modo similares a ese fenómeno social que aquejó a España cuando vivía Goya. Muchas veces percibo en personas con una capacitación profesional notable un intento de imitar las formas de hablar y los gestos de gentes que se encuentran muy por debajo en la escala social. Dan la sensación de que tuvieran vergüenza de ser profesionales, como un pudor injustificado de que vayan a descubrir que tienen una cultura superior. Sin darse cuenta de que con esa inhibición de quienes deberían constituirse en referentes la sociedad pierde. Una vez más se tiende –en concreto estos profesiones, con su conducta– a nivelar por lo bajo. Lo curioso del caso es que suelen ser los mismos que critican ácidamente las políticas del Estado cuando, según ellos, están alineadas en este sentido.

De ningún modo se justifican la petulancia ni la pedantería. Nada más valioso y atractivo que la sencillez. Pero sencillez no es ni bajar el tono, ni deslizarse a la chabacanería, y mucho menos cuando eso supone un enmascaramiento, en definitiva un disimulo, una falta de transparencia, quizá con el fin de “hacerse el popular” para “caer simpático”.

Me enteré de que hace poco en una consultora de mucho prestigio, con proyección internacional, no tuvieron mejor forma de “festejar” la culminación de los estudios universitarios de uno de los profesionales más jóvenes de la empresa que emprenderla a tijeretazos con su traje. Operativo en el que intervinieron hasta los “señores” más respetables que lo único que respetaron fue la ropa interior del agredido, quien se las vio en notables dificultades para volver a su casa porque no podía salir a la calle exhibiendo sus paños menores.

¿Es tan aguda la falta de creatividad que para festejar el grado académico de un universitario haya que dejarle el traje inservible, o haya que embadurnarlo con harina, huevos y demás aderezos? (Lo que implica, además, un trabajo extra para el personal de servicio que después tiene que limpiar esa mugre de las veredas.) ¿Es necesario para divertirse acabar a baldazos el asado con el que culmina el último día de clase de un posgrado? ¿Es que somos incapaces de disfrutar de formas civilizadas y consideramos que solo sumiéndonos en la barbarie podemos lograr un auténtico esparcimiento? En este sentido, y aunque nunca he estado presente, me han contado el espectáculo en el Mercado del Puerto a fin de año es verdaderamente penoso. ¿Es que esos comportamientos no tienen nada que ver con la tan cacareada escala de valores? Son formas, se dirá. De acuerdo. Pero sin un mínimo de formas, y dejando de lado innecesarias solemnidades y tiesuras que acaban generando reprimidos, no hay “contenido” que se sostenga. Y de acuerdo también en que esas formas van variando con el paso del tiempo, pero como dice el refrán popular: “No hay que confundir gordura con hinchazón”.

Quizá alguien pudiera decir que plantear estas cuestiones es anacrónico. Y tal vez en parte lo sea, porque va contra usos que van adquiriendo carta de ciudadanía. Pero seguro que no es decadente. Y es que no me parece valiente, ni elegante (suelen ir juntas estas características en la conducta personal) avalar con el silencio, y menos aun con la presencia, unos comportamientos que tienden a convertirse en costumbres inocuas que, lo más grave, acabarán con ese fondo educado que suele percibirse en las personas de condición social modesta en Uruguay. ¿No es esa educación básica un valor real que costó muchísimo esfuerzo conseguir y que podría tirarse por la borda con la inconciencia del “nene de papá”? Una inconciencia del “señorito” que está en las antípodas de esa meritocracia universitaria (“m´hijo el dotor”) con la que se engrandeció en su momento este pequeño país, respetado y reconocido internacionalmente. ¿Por qué abdicar de aquel merecido reconocimiento: “la Suiza de América”? Son esas personas de condición social modesta, que seguramente no leerán este artículo, los más sorprendidos ante el comportamiento de los “doctores”, los que se quedan un tanto azorados, los que cuando encuentran ocasión de hablar sin temores manifiestan su desconcierto ante un comportamiento insólito ante el que experimentan vergüenza ajena. ¿Serán ellas las que tendrán que enseñarnos la conquista que siempre implica la urbanidad sobre el salvaje que todos llevamos dentro?

Sencillez, siempre; jamás envaramientos; si tiene que haber protocolo, el imprescindible. Pero altura. ¿Adónde está la tan mentada excelencia de la que ininterrumpidamente se habla a todas horas en los ambientes empresariales? ¿Solo en la ganancia de las acciones y los abultados sueldos de los CEO?

Reaccionemos cuando estamos a tiempo. Sin miedos, sin complejos de que descubran que queremos ser mejores, que intentamos superarnos. ¿O es que nos hemos olvidado que el gran privilegio del animal humano es su ansia y su capacidad de superación? Todavía podemos revertir el diagnóstico de Cambalache: “todo es igual, nada es mejor”. No, no es verdad: hay cosas mejores, y por tanto otras peores. Y hay avances, de todo tipo; y también hay retrocesos. Si todo fuera relativo y cuestión de estrategias de marketing ¿por qué no fabricar perfumes con fragancias nauseabundas? Por eso, ante estos desatinos, y aunque afortunadamente no sea lo único que se encuentra ni lo predominante (ocurre que las estridencias resultan más llamativas que una conducta correcta), algunas veces me ha parecido una hipocresía lamentable que algunos directivos se preocupen tanto por si va a usar o no corbata el presidente electo.

* Juan José García es profesor del IEEM

Fuente:EL OBSERVADOR, de Montevideo.


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